viernes, 16 de febrero de 2007

la integridad

EN DEFENSA DE LA INTEGRIDAD
Por STEPHEN COVEY
HACE TIEMPO me pidieron que diera asesoramiento a un banco cuyos empleados se encontraban muy desmoralizados. "No sé qué les pasa, se quejó el presidente, joven brillante y carismático que había ascendido desde abajo y que en la cumbre de su carrera veía flaquear la companía. La productividad y las ganancias no iban bien, y culpaba de ello al personal. "Por más incentivos que les doy", comentó, "persisten en su actitud pesimista y derrotista" Y no le faltaba razón. En el banco se respiraba un ambiente de recelos y desconfianza. Impartí un cursillo de dos meses, y al terminar me quedé atónito ante lo poco que sirvió.
"¡Cómo puede uno estar a gusto con lo que pasa aquí!", me decían una y otra vez los empleados, pero nadie quería decirme cuál era la causa del descontento.
Finalmente, la verdad salió a la luz: el jefe, que era un hombre casado, tenía una aventura con una empleada, y todo el mundo lo sabía. Entonces comprendí que el mal rendimiento de la companía se debía a esa conducta. Pero el mayor de los daños era el que el hombre se hacía a sí mismo. No pensaba más que en su propia satisfacción, sin prever las consecuencias.
A ese hombre le faltaba integridad.
Lo fundamental
Hoy en día ya no se da importancia a la integridad, pese a que es la virtud más esencial del ser humano.
La integridad está constituida por los principios y valores que dan dirección, sentido y profundidad a nuestra vida. Estos principios representan nuestra conciencia del bien y del mal, nacida no de normas de conducta, sino del sentido de quiénes somos. Entre ellos están la rectitud, la honradez, la valentía, la justicia y la generosidad, que se van forjando cada vez que tomamos una decisión difícil. Por consiguiente, el mal está en el solo hecho de proceder mal, no en que nos descubran.
Sin embargo, hay quienes dudan que los valores internos aún sirvan de algo. ¿Acaso no triunfó en todos los aspectos externos el notable ejecutivo del banco, a pesar de sus transgresiones?
Esta pregunta saca a la luz un dilema de la vida moderna. Muchos han llegado a creer que lo único que se necesita para triunfar es talento, empuje y personalidad. Pero la historia nos enseña que, a la larga, importa más quiénes somos que quiénes aparentamos ser.
Hace mucho, casi todo lo que se escribía sobre éxito y superación personal partía de lo que podría llamarse la ética de la integridad. Personajes tan eminentes como Benjamin Franklin y Thomas Jefferson manifestaron su convicción de que el éxito y la felicidad auténticos sólo se alcanzan si se hace de la integridad la piedra angular de la vida.
Después, en la era industrial y tras la Primera Guerra Mundial, el concepto del éxito varió hacia lo que podría llamarse la ética de la personalidad. Triunfar dependía, ante todo, del atractivo personal, las aptitudes y las técnicas que, al menos en apariencia, aceitan el mecanismo de las relaciones humanas. En vez de hacer frente a esos asuntos espinosos del bien y el mal, optamos por tener la fiesta en paz.
Esa filosofía se expresaba con máximas inofensivas, pero superfluas, como "una sonrisa gana más amigos que un ceño fruncido". Otras ideas eran a todas luces manipuladoras y aun engañosas: por ejemplo, fingir interés por los pasatiempos de los demás con tal de serles simpáticos.
Un sistema de valores que se basa sólo en las aptitudes y la personalidad hace héroes de nuestros atletas, músicos y grandes empresarios. Aun así, por mucha admiración que profesemos a estos triunfadores, no siempre hemos de considerarlos dechados de virtudes. Aunque la habilidad es necesaria para el éxito, no garantiza la felicidad ni la realización personal, que más bien derivan de la integridad.
Trabajar de dentro hacia fuera
Para desarrollar la integridad, la edad es lo de menos. La clave está en aprender a ver en el propio interior, a trabajar de dentro hacia fuera.
Con este enfoque, a los triunfos públicos los preceden los privados. Estos últimos no son más que propósitos que hacemos ante nosotros mismos y ante los demás, y que cumplimos. No tienen que ser muy profundos ni implicar cambios radicales. Pueden ser muy ordinarios, como hacer ejercicio a diario.
Un objetivo como éste quizá parezca poco trascendente, pero ilustra las decisiones difíciles que hay que tomar a diario. El primer paso para forjar la integridad es tomar una decisión difícil, comprometerse a cambiar y perseverar en ello.
Consolidaremos nuestra integridad en la medida en que nos fijemos y cumplamos propósitos cada vez más difíciles. Lo que al principio exige un gran esfuerzo acaba por volverse un hábito. Y cuanto más tengamos costumbre de ser íntegros en las pequeñeces de la vida, más lo seremos en asuntos de mayor peso.
Es así como los triunfos privados conducen a los públicos. Por ejemplo, para obtener más libertad en el trabajo, antes hay que demostrar más responsabilidad; para lograr un matrimonio feliz, primero hace falta ser fuente de amor, generosidad, seriedad y confianza.
Nada es tan fundamental para la integridad como la confianza. Sea la que depositan en nosotros los compañeros de trabajo o el cónyuge, la confianza se gana poco a poco y en una infinidad de circunstancias.
Una de las maneras de inspirar confianza que suelen descuidarse es la de ser leal con quienes están ausentes. Supongamos que usted y yo criticamos a nuestro jefe a sus espaldas. ¿Qué pasaría si después nos enemistáramos? No le cabrá duda de que hablaré mal de usted, pues me ha visto hacerlo.
Ahora bien, supongamos que está usted a punto de criticar al jefe y yo le propongo que acudamos a él para plantearle el problema. Sin duda supondrá que yo actuaría con el mismo respeto si alguien quisiera criticarlo a usted.
Empezar en casa
Otra manera de forjar la integridad consiste en reconocer nuestros errores. Un índice de lo íntegros que somos es cómo reaccionamos ante lo que nos ha salido mal.
Hace años le di a un empleado la oportunidad de organizar una reunión en grande, pero la desperdició echándolo todo a perder. "Fue mi culpa", admitió, "pero si me da otra oportunidad, me esforzaré de veras para que todo salga bien"
Aceptó con tal valor su fracaso, que accedí a dársela, y no me arrepentí: su trabajo fue magnífico.
Las mejores oportunidades para cultivar la integridad están en casa, donde constantemente se nos pone a prueba y estamos más expuestos a equivocarnos. La verdadera integridad empieza en la familia.
A menudo creemos que podemos tratar de cualquier modo a nuestros seres queridos, y que ellos seguirán queriéndonos. Tal creencia puede dar al traste con nuestras relaciones. ¿Cuántas veces no se oye decir que alguien es un excelente empleado y un pésimo esposo?
Quizá más común sea el caso de un hombre que, tras una plática que di en un seminario sobre la importancia de demostrar integridad en la familia, se me acercó y me dijo:
-Mi mujer y yo ya no nos amamos, ¿qué puedo hacer?
- Ámela.
Mi respuesta lo desconcertó.
-¡Pero ya no siento amor!
-Amigo mío, amar es un verbo. Sentir amor es la consecuencia de amar. Así que ame a su mujer. Si antes la amaba, puede volver a hacerlo. Escúchela, sea solidario con ella, valórela. ¿Está dispuesto a hacerlo?
Desde luego, lo que yo le preguntaba era si tenía la voluntad de sacar de su interior la integridad necesaria para que su matrimonio marchara bien. Todas las relaciones siguen los altibajos de la vida. Por eso la familia es índice de nuestra integridad y campo para cultivarla.
¿Qué fue del presidente del banco y su aventura con la empleada? Cuando le dije lo que sabía de su aventura y de los efectos que estaba teniendo sobre los empleados, se pas6 las manos por el pelo.
-No sé por dónde empezar -me dijo.
-¿Han terminado?
-Sí, definitivamente.
-Entonces empiece por hablar con su esposa.
Así lo hizo, y ella lo perdonó. Luego convocó a los empleados y les habló del desánimo reinante en la empresa.
"Ya sé cuál es la causa", dijo. "Soy yo. Les pido otra oportunidad".
Aunque llevó tiempo, el ánimo de los empleados mejoró y empezó a respirarse un aire de sinceridad, optimismo y confianza. Pero quien más se benefició fue el ejecutivo mismo. Encontró la manera de ser un hombre íntegro.

1 comentario:

Tere Marin dijo...

!Veeenga ya!......los empleados del texto son unos absolutos diriamos(en España gilipollas y en Argentina boludos)
....la vida personal del jefe y la empleada es cosa de ellos dos solamente...
si la empleada y el jefe
no se han enterado de eso tan sabio que dicen:" donde tienes la olla no metas la,,,,p...lla"(no lo pongo todo
para que los oidos sensibles no se descompongan)
Estarian asqueados por motivos laborales , seguro.....
Mirta ,bienvenida al blog....costó encontrar el camino pero Filmín parece que al final te pudo iluminar,dicho esto sin maldad...
!!ánimo y sueltate la melena!!
Tere Marin